OPINIÓN
Álvaro REDONDO HERMIDA // Fiscal del Tribunal Supremo . 2009-12-14 11:47:03
LA LIBERTAD DEL NO NACIDO.
Es igual a nosotros, un ser humano pequeño y no nacido, una vida que comienza a crecer en secreto y que serenamente, lenta y calladamente, confiadamente se va abriendo camino. Es único, nadie ha sido nunca como él, jamás será nadie como él. Históricamente humano, perteneciente a un grupo de seres superiores que apareció hace algún tiempo aquí en el mundo, seres capaces de hablar y de reír, de amar y de abrazar, de ver y de intuir, de distinguir lo bueno de lo malo, de separar lo valioso de lo inútil, de hacer leyes y juzgar, capaces también de perdonar. Una especie que lleva muchos años de prehistoria y algunos de historia buscando la dignidad, luchando por la igualdad, construyendo la paz, una paz que esté basada en el respeto de los demás, una paz que no admita barreras entre las personas, una paz fundamentada en la justicia y la verdad, una paz sin razas ni fronteras, una paz para siempre y para todos, una paz en la que reine la solidaridad y no haya víctimas, ya nunca más haya víctimas. La especie humana. Así la llama el Convenio para la protección de los derechos y la dignidad del ser humano firmado en Oviedo en 1997. Aún no lo sabe, pero es un «homo sapiens sapiens», en sentido biológico, antropológico, filosófico y cultural, y posee un tesoro, un gran tesoro que se llama genoma humano, «...base de la unidad fundamental de todos los miembros de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad...», como dice la Declaración del Genoma de la UNESCO, que también sostiene que «...cada individuo tiene derecho al respeto de su dignidad y derechos, cualesquiera que sean sus características genéticas…». En el núcleo de su ADN lleva el dolor y el amor de muchos hombres y mujeres que han soñado y esperado, luchado y sobrevivido, han amado y han sufrido, pequeño ser con pulso y con impulso, el mismo impulso que logró que un día los hombres levantáramos la frente para mirarnos con franqueza, en ese instante inmenso en que aprendimos a pensar y a construir, a unir y a compartir.
Poderoso, viene con una Constitución debajo del brazo, vida jurídicamente humana, así lo dice la Convención Internacional de Derechos del Niño, cuando sostiene que «…por su falta de madurez física y mental, el niño necesita protección y cuidado especiales, incluso protección legal tanto antes como después del nacimiento…», una Convención que también dice que «…todo niño tiene derecho intrínseco a la vida…», y que explica que «…se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años...». Es verdad. Aunque todavía no ha nacido tiene derecho a la vida por encima de cualquier disquisición, como dice la Sentencia del Tribunal Supremo de 30-1-2001, y está protegido desde el primer instante de la concepción, como también sostiene la Sentencia del Alto Tribunal de 27-6-1992, y está amparado, como nosotros, por una Constitución que nos habla de dignidad y de derechos inalienables, una Constitución que dice que todos, lo mismo que él, tenemos derecho a la vida. Una vida pequeña, valiosa, que la ley penal protege, porque como dice Montesquieu, los derechos del hombre solamente están seguros cuando la ley penal los protege, una ley penal que defiende todo aquello que amamos, una ley penal que arropa aquello que nos es imprescindible, aquello cuya pérdida nos nubla y entristece, una ley penal justa y comprensiva, igual para todos, una ley que no pretende estigmatizar a quien la infringe pero que tiene que amparar lo que es valioso, una ley penal que entiende lo que es el estado de necesidad y que regula las causas que excluyen la culpabilidad, una ley penal aplicada por jueces ecuánimes, guiados por una ética humanista, jueces que han hecho de la justicia el norte de su vida, jueces que interpretan una ley penal que no está hecha para destruir al culpable sino para permitir que se reintegre totalmente a la vida social, jueces que intentan reparar el mal causado por el delito, para que todo sea como antes, para que todo sea como si dicho delito nunca se hubiera cometido. Una ley penal que defiende a este ser pequeño y animoso, que llega con su madre a todas partes, que tiene que nacer como nosotros, que tiene que ser parte del mundo y de la vida, que tiene que aprender como nosotros, un ser humano que ahora camina lentamente, serena y dignamente, confiadamente camina hacia la luz, hacia la conciencia, hacia la libertad.
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